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ECOS LITERARIOS

 

 

Esta sección acogerá a todos aquellos escritores de Rivas que aún no han publicado ningún libro y que han convertido la literatura en una parte esencial de su vida. Podéis enviar vuestras colaboraciones al correo escritoresderivas@gmail.com

 

MIGUEL ÁNGEL LUENGO TOLEDANO

 

Mi nombre es Miguel Ángel Luengo Toledano. Nací el 10 de febrero de 1968 en Ibiza, de padre militar y madre modista. No soy poeta, soy un ingeniero informático que en estos momentos está en el proyecto de modernización de los sistemas educativos de la Comunidad de Madrid… pero vivo la poesía en mi vida, como una fuente interior. Me gusta leer, y que la lectura genere pensamientos nuevos. Que recuerde, lo primero que escribí se remonta a cuando tenía 17 años. Después de tanto tiempo, de vez en cuando, sigo escribiendo.

 

 

 

 

           

Mefistófeles enamorado

 

PARTE I

 

Yo, que estoy en el pensamiento de algunos,

Siempre habito en el deseo de todos.

Soy quien más temerías,

Pues no entiendo de arrepentimientos.

Siempre burlón, soez, descarriado,

Homicida y ladrón de almas.

Me he revolcado en todos los vicios,

 y me he satisfecho en todas las corrupciones.

Siempre me sentí virtuoso para robar sueños,

 Matar esperanzas y fornicar a mi capricho.

 Pero de todo, hasta del mal absoluto, uno se harta.

Pues hasta el mal tiene límite.

Todo lo bueno se convierte en rutina, y muere.

Todo lo malo en hastío, y fatiga.

 

Y fatigado, me sentía incapaz de andar por el mundo.

Me sentía incapaz de generar almas malas.

De generar Mal alguno.

Y en caprichosa consecuencia,

las almas buenas dejaron de serlo.

Y allí, donde la luz es cálida, sintieron miedo.

 

Dios, el eterno oyente,

escuchó mis anhelos, fue sabedor de mi desdicha.

Y me tentó con lo que más se desea.

Con lo que todo el Orbe espera encontrar.

Con lo que todo el mundo no se satura.

Con aquello que ni imaginar siquiera podría imaginar generarse en mí.

Me tentó Dios con poder Amar.

Y generó, en este su antiguo servidor,

la más dulce de las curiosidades.

Pero incluso en el más tenebroso de los lugares,

Aquí, en el infierno donde habito,

Existen reglas.

Reglas que no pueden transgredirse.

 

Y el envidioso, sabedor de la tentación concedida,

Sólo me permitió un día para ser libre,

Sólo un día para Amar.

 

Y entonces, esperanzado y curioso,

Emprendí el camino hacia el Amor.

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

ALEJANDRO ROMERA

 

 

Alejandro Romera, autor del libro Miradas de ébano (Madrid, Chiado, 2011), y al que ya tuvimos el placer de presentar en el número pasado en la sección Literalia, nos ofrece ahora un relato muy original en el que aborda el viejo tópico del mundo al revés. Léase con sentido crítico “Voces del Sur”, desde esa perspectiva luminosa de un mundo diferente.

 

 

 

UNA VUELTA AL MUNDO

 

 

Aquella mañana, el pequeño Nelson se levantó con la sensación de que iba a hacer algo

grande. Se calzó sus sandalias y caminó, como todas las mañanas, los cinco kilómetros

que separaban su poblado de la escuela.

―¿Y qué ocurre si le damos la vuelta?

El profesor les intentaba explicar algo de geografía y había traído un póster con un

mapa del mundo.

―¿Cómo?  ―preguntó intrigado el maestro.

―¿Por qué no lo ponemos al revés?  ―insistió el pequeño.

―Porque su orientación es esta, Nelson, siempre ha sido así. Mira, nosotros estamos

aquí abajito.

―¡Pues yo quiero estar arriba! - refunfuñó.

El profesor calló durante unos segundos y pensó que quizá no era tan mala idea.

 ―Está bien, lo pondremos al revés  ―les dijo―, pero mañana lo volvemos a colocar en su posición correcta.

Los niños comenzaron a reír y entre todos sujetaron el póster boca abajo mientras

Nelson lo apuntalaba con unas viejas chinchetas.

Los primeros en notar la sacudida fueron, como es lógico, los esquimales del polo norte.

Los iglús se tambalearon y los objetos comenzaron a volar en todas direcciones

mientras sus cuerpos eran violentamente zarandeados.

―¡Terremoto! ―gritaron algunos. Pero era mucho más que eso.

Poco a poco, la sacudida fue sintiéndose en cada centímetro del planeta.

Los grandes rascacielos fueron los que más sufrieron. Estaban construidos a prueba de

terremotos pero no estaban preparados para un giro de tal violencia. Muchos de ellos se

partieron por la mitad incapaces de soportar la fuerza de la inercia.

En las grandes ciudades fue donde el caos se hizo más evidente. En las bibliotecas los

libros volaban por los aires. En las fruterías, las naranjas y manzanas chocaban unas con

otras, lejos de la seguridad de sus cestos. Las personas parecían acróbatas saltando de un

lado para otro.

Los techos se hicieron suelos y todo se volvió del revés. La sacudida apenas duró unos

segundos pero fue suficiente para cambiar todo de sitio y alterar el orden establecido

hasta entonces.

Esto es el fin, se apresuraron a afirmar algunos importantes dirigentes de lo que hasta

aquel momento había sido el hemisferio norte. Nadie se acostumbraría a caminar entre

lámparas y los retretes habían quedado pegados al techo. Nada quedó igual. Lo que

antes estaba abajo, ahora estaba arriba y viceversa.

Los Estados Unidos quedaron tendidos mientras sus vecinos latinoamericanos les

miraban desde arriba. La Patagonia y Alaska, condenadas siempre al frío,

intercambiaron sus posiciones. Los ingleses miraban ahora a Europa desde abajo y más

que observar con orgullo como antaño, ahora pareciera que suplicasen. Sudáfrica

mientras tanto se coronaba en lo más alto, como si de puntillas se elevase por encima de

todos los demás. El mundo al revés, nunca mejor dicho.

Cuando las sacudidas por fin terminaron y, aunque invertido, el planeta volvió a la

calma, Nelson, ligeramente despeinado, observó el póster con un gesto triunfal en su

rostro.

―Profesor  ―añadió ―, ¿y si lo dejamos así para siempre?

 

 

 

 

 
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