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FIRMAS DE ESCRITORES

 

 

 

EL CAMINO DE LA ESCRITURA

 por Julia San Miguel

  “Escribir un relato o una novela sirve para descubrir una secuencia dentro de la experiencia, un súbito modo de tropezar con las piedras de las causas y los efectos que conforman los acontecimientos de la propia vida de un escritor” (La palabra heredada, Eudora Welty)

 

 

 Hansel me lleva de la mano mientras va tirando una a una las miguitas de pan que ha guardado en su bolsillo. Gretel nos mira y, de reojo, también mira hacia atrás sin querer ver lo que es inevitable: que las miguitas de pan desaparecen entre los picos de los pájaros y las hormigas hacendosas. Sin embargo, calla su descubrimiento y nos sigue, pegada a mí, mientras me pide que les cuente una historia. Para acallar el miedo. Para enfrentarse a lo desconocido. No tengo mi ordenador, donde están guardados como por descuido todos los borradores de tantos cuentos inéditos, ni tan siquiera un lápiz donde emborronar algunos renglones que pueden ser promesa de otros tantos. Tampoco es el momento. Lo único que tengo es el poso que dejaron en mí los cuentos mil veces narrados por mi abuela y las mil y una historias que me llegaron a través de los libros. Palabras e imágenes que se entrelazan para pergeñar otras tantas historias. El camino es largo y se adentra en la espesura de la noche. Había una vez…

 Había una vez una niña delante de su flamante máquina de escribir. La máquina es un regalo de Reyes, con la carcasa verde y las teclas anchas de color crema. Dentro de la niña, dentro de la máquina de escribir, bullen cientos de sensaciones, de inquietudes y preguntas que buscan escaparse como pompitas de gaseosa sobre el papel. Hay un deseo de saberse, de descubrirse. También hay un deseo de superarse y de jugar, con las mismas palabras de siempre, a reinventarse y a reinventar la escritura. A zarandear el mundo y a volverlo del revés.

En los primeros escritos hay un intento de plasmar la perplejidad de la infancia, el desconcierto de la adolescencia. Siempre con la arrogancia del que cree saberlo todo. Luego, es el tiempo el que va marcando las constantes de la ignorancia. Y entonces hay que leer, leer, leer, devorando los libros con la gula del hambriento, en muchos casos sin discriminar, engullendo todo lo que cae en las manos, aconsejado, con mayor o menor acierto, por familiares y amigos. La vida, al encuentro. La muerte, en el camino. El amor y la guerra. Y ahí están los nombres de los que bordaron las entretelas de un boceto de autor: Verne, Martín Vigil, Luca de Tena, Fallaci, Reinaldo Arenas… De los que sirvieron de modelo, los grandes Delibes y Cortázar. De los que, al leer unas primeras cuartillas, te llevaron de la mano y te animaron con su entusiasmo: José Luis Navarro (el gran profesor, el amigo) y Clara Obligado (mi timón en su taller literario), ofreciendo su experiencia y buen hacer para aconsejar no solo a seguir escribiendo, sino a aprender a hilvanar, en un corta y pega donde la tijera (en este caso una goma de borrar) tiene mucho más que decir que la propia intención de la escritura.

 

Lecturas hay muchas, aunque no tantas como se quisiera o se debiera. Autores que debieran ser ya conocidos por esta aprendiz de escritor y que aún aguardan a ser descubiertos. Todo llegará, espero. Mientras, de lo que llega, de lo que queda, crece la admiración, la envidia sana de los que el camino ya tienen hecho y que, como un prurito de primavera, brota en el deseo de imitarles en su buen hacer y su tesón. Y es la misma urgencia la que incita a saber esperar y atrapar las historias que siempre han estado ahí, buscándote para hacerse tuyas. Saboreándolas y disfrutándolas, sin ser ajeno a la constancia que todo trabajo conlleva, no exento de placer, como golondrinas que vuelven siempre a posarse en blanco y negro en esta jaula de papel que atrapa los sueños.  

 Hansel y Gretel van de mi mano. El camino, como bien dice mi buen amigo y escritor peruano Juan Manuel Chávez, es sinuoso como un árbol, como rutas transversales y paralelas, acaso… A lo lejos, la promesa agridulce. Pero siempre juntos, explorando.

 

   

REFLEXIONES DE UN ESCRITOR

por Miguel A. Zapata

El Diccionario de la RAE afirma, ufano y en falsete de tenor, como corresponde al sancta sanctorum de la lengua española, que por “escritor” debemos entender:

             1. Persona que escribe. 2. Autor de obras escritas o impresas. 3. Persona que escribe al dictado. 4. (ant.) Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

 Todo aquello que tiene valor alcanza su categoría cuando es nombrado y, más tarde, cuando la costumbre le otorga cierto carácter de oficialidad. En definitiva, las palabras parecen perfilar la existencia de las cosas, de seres y enseres.

 ¿Es posible, entonces, una definición para quien dedica con celo sus días a redefinir el mundo con palabras? ¿Es posible decidir quién, cómo y cuándo es alguien escritor o escritora.

 

            

  El progreso tecnológico, que a veces se solapa y supera con su velocidad de crucero la lenta sedimentación del lenguaje, inhabilita de entrada la acepción número 4: ya nadie redacta las cartas de nadie, la instantaneidad de los correos electrónicos, wassup, facebook o twitter permiten, empobreciendo la gramática pero acelerando la comunicación más elemental, poner en contacto a individuos sin la engorrosa mediación del sobre lacrado y del servicio de correos al uso.

  Con respecto a la tercera acepción, quizá habría que redefinir aquello tan arcaico de “escribir al dictado”. Suena a reproducción de feria, a labor de loro, a fonógrafo insensible. No, no puede la escritura entendida como Arte (el trabajo de escritor) suponerse una mera cadena de montaje donde las palabras oficiarían tristemente de tornillos, chapa y pintura en la elaboración seriada de textos fríos y vulgares como automóviles, en el peor estilo “fordista”.

  ¿Y las dos primeras acepciones? ¿Estará quizá en ellas la clave para entender lo que Vargas Llosa afrontaría como “labor de escribidores”? Si consideramos al escritor autor de obras escritas o impresas, la lógica y la costumbre nos harían asentir, diríamos: “ahora sí, he aquí, voilá, la definición perfecta”. Pero de nuevo, la trampa de lo asumido por la realidad más aparente. Vamos a una librería y la imaginamos el templo de cualquier escritor, su tuétano está, por fuerza, ahí dentro: todas las obras, sus creaciones encuadernadas, con olor a papel recién serrado y una portada de bonitos colores. Pero, ¿qué hacemos entonces con Homero, y con los juglares de aquel mester medieval, y con los poetas taoístas de la dinastía Tang que lanzaban sus haikus al río o a la hoguera para que nada quedara de su vanidad de eternidades? ¿Dejan de ser creadores de palabra viva por el mero hecho de no haber dejado rasgo de tinta de sus obras publicado bajo los rigores mecánicos de la imprenta?

 A la vista del proceso eliminador en los párrafos anteriores, tal vez nos quede esa primera acepción canónica, la de “persona que escribe”. La labor del escritor no debe ser la de un lacayo de las tendencias veloces y banales de mercado alguno, de ninguna rutina ni de un horario de apertura y cierre. ¿Alguien podría asegurar que las mejores páginas de Stendhal, Bierce o Baudelaire no terminasen, por mor del instinto perfeccionista y febril de sus autores en una papelera o sometidas a la prisa del viento, después de una tarde desesperada en la que no creían cuadrar ningún verso o ninguna línea decente? No, no es la publicación el destino del escritor, tan sólo la forma que alcanza, ante el espejo de los otros, su vanidad.

 El escritor escribe, sin descanso. Escribe incluso cuando no escribe. Vive la continua caligrafía de sus narraciones o sus poemas en un lenguaje que acaso sólo es perfecto cuando no llega al papel, cuando el obstáculo insalvable de las palabras no lo detiene al borde de la idea numinosa que se resiste a abandonar su reino platónico. Articulamos el mundo mediante las palabras, sí, lo recreamos y lo deformamos. Pero el mundo ya existía antes de poder abrir nosotros nuestras bocazas llenas de sonidos abriéndose paso con dificultad a través del aire, existía mucho antes de que cualquier escriba sumerio horadara arcilla húmeda con aquellos primeros trazos de signos cuneiformes.

 

 Decía Borges que siempre sintió, como un oráculo, su “destino de escritor”, ése destino que la ceguera no detuvo ni en su último aliento. También escribía sin descanso Primo Levi, y sin necesidad de pluma ni papel, en aquel horror de Auschwitz que nunca dejó de hablarle; escribía él su obra futura anegándole los ojos como un testimonio de la tragedia que tan sólo necesitaba testigos, ni más ni menos que eso.

Entonces, quizá, la única misión del escritor, su tarea titánica, sea la de un hombre que escribe porque observa o escucha (sin empuñar pluma o teclado alguno) el pulso cambiante de las cosas, ese silente lenguaje del logos que sólo existe al abandonarnos al íntimo parloteo de las cosas cuando están solas, cuando ni siquiera advierten nuestra presencia.

 En esos momentos, silenciosamente y sin necesidad de emborronar en tinta la página en blanco delante de nosotros, en esos instantes efímeros somos, más que nunca, escritores, representamos la paradoja bellísima de una escritura sin palabras allí donde las palabras no bastan.

 

 

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