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LEER UN CUADRO

Al igual que en una obra literaria, un  cuadro se abre a nuestros ojos como un libro en el que podemos encontrar historias, sensaciones y sentimientos que nos emocionan y conmueven.

El carro de heno. El Bosco. Tríptico. Óleo sobre tabla. 1516 (?). Museo del Prado de Madrid

 

No cabe duda de que uno de los pintores que más llama la atención respecto a la interpretación del significado de sus obras es El Bosco. Su cuadro, “El jardín de las delicias”, ha sido objeto de numerosos estudios, no solo desde el punto de vista pictórico sino, sobre todo, de su simbolismo, y acapara por sí mismo toda la atención de muchos  de los amantes del arte.

Pero este pintor, cuyo universo inquietante atrae inmediatamente a todos los que se acercan a su obra, es autor de otras que también lo identifican.

Y una de ellas es El carro de heno,  objeto de nuestro comentario.

De este cuadro existe el original -que se halla el Prado- y una copia en el monasterio del Escorial, ya que Felipe II, después de haberla comprado a los herederos de Felipe de Guevara, mandó hacer una reproducción que quedó en el monasterio escurialense, en tanto que al original se le dio traslado a la Casa de Campo primero y a la colección del Marqués de Salamanca. Incluso hubo un tiempo en que las tablas fueron divididas, reuniéndose después en el Museo del Prado, en donde se ubicó al comienzo de la Guerra Civil para su mejor conservación.

Como ya hemos comentado, la obra es un tríptico, formado por tres tablas, que, cuando las contemplamos cerradas,  nos representan la imagen de un buhonero (otros estudiosos hablan de un peregrino). Abierto  nos muestran tres escenas:

-         En la tabla de la izquierda, el origen del pecado, con la caída de los ángeles rebeldes en la parte superior, la creación de Eva, el pecado original y la expulsión del Paraíso.

-         La escena central, que da nombre a la obra, está basada en un proverbio flamenco: “El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede”.

-         El postigo  derecho nos muestra el Infierno y el castigo de los pecados.

En líneas generales, este conjunto pictórico, que en nuestro tiempo nos ofrece cierta confusión interpretativa, no lo era tal para aquellos que estaban familiarizados con el pensamiento medieval. Como espectadores, la lectura de la obra nos lleva de izquierda a derecha en una línea de pensamiento en torno al pecado: su aparición, por causa del diablo y el pecado original, su propagación por el mundo y su castigo después de la muerte, siendo la única esperanza de la Humanidad la redención, simbolizada por la figura de Cristo, que aparece coronando la escena central, y que nos muestra los estigmas de la Pasión. Para el espectador medieval, la contemplación de esta imagen del Salvador debería servirle para meditar sobre el arrepentimiento y el perdón.

Pero a nosotros, como espectadores del siglo XXI lo que más nos atrae de la pintura de El Bosco en general, y de ésta en  particular, es esa utilización de lo simbólico para expresar unos contenidos, y hacerlo a través de unas composiciones de trazos minuciosos y detallistas que recrea ya un mundo fantástico y onírico ya una realidad costumbrista, pero siempre acercándonos una moraleja.

Pero pasemos ahora al detalle más preciso situándonos ante el cuadro y volvamos al estudio de los paneles.

 

-         Panel izquierdo: nos presenta cuatro escenas de manera escalonada. En la parte superior, la expulsión de los ángeles que desafiaron a Dios, que se van transformando en sapos e insectos mientras van cayendo. Las otras tres escenas, extraídas del Génesis, nos muestran el origen del pecado, que la tradición hace residir en Eva. De atrás hacia delante podemos contemplar la creación de la mujer, que brota de un costado de Adán, seguido del pecado original, para terminar con la expulsión del Paraíso. Observemos el detalle del pájaro picando un fruto, representación habitual de la lujuria.

-         Nuestra mirada continúa hacia la tabla central, que es, por supuesto, el motivo principal. Ya hemos comentado como el tema está extraído de un aforismo holandés, aunque también podemos relacionarlo con un texto del profeta Isaías, que nos dice que los placeres y riquezas son como el heno de los campos, que se agostan pronto y acaban, es decir, son efímeros. Coronando la composición, ya dijimos que se hallaba la figura del Redentor, como esperanza para la Humanidad. Bajo él se desarrolla toda una escena que aglutina pecados, vicios y miserias mundanas: una pareja que se besa, representando la lujuria, y que es observada por una lechuza, que nos habla de la herejía o de la ceguera ante el pecado; tres personajes centran nuestra atención, con la música como protagonista, mientras son flanqueados por un ángel, que reza a Cristo y un demonio, de color azul, con trompa y cola de pavo real, símbolo de la vanidad.

Al frente del cortejo el rey de Francia y el emperador, que encarnan el poder terrenal, y el papa, como símbolo del poder espiritual, van cerca del carro, ya que las clases pudientes tienen facilidad para alcanzar los placeres mundanos, mientras que el populacho, que se aglomera en la parte izquierda, pisándose y zarandeándose, tienen dificultad para llegar a ellos.

 Destacando, en primer plano, vemos un homicidio, uno de los pecados más horribles. Dirigiendo nuestra vista a la derecha, vemos una solución compositiva muy habitual en los trípticos que es enlazar la siguiente tabla a través de la propia escena: el carro es guiado por criaturas monstruosas y que lo encaminan hacia la tabla de la derecha, hacia el Infierno. Algunos casi coetáneos, como el padre José de Sigüenza, consideraron que simbolizaban diversos vicios: “En este carro de heno, en que va esta gloria, le tiran siete bestias, fieras y monstruosas espantables, donde se ven pintados hombres medio leones, otros medio perros, otros medio osos, medio peces, medio lobos, símbolos todos y figura de la sociedad: late la lujuria, avaricia, ambición, bestialidad, tiranía, sagacidad y brutalidad”.

-         Bien, pues las propias figuras bestiales nos llevan hacia el último destino del pecador, el Infierno, que ocupa como tema la tabla de la derecha, en donde todos los pecados serán castigados. Lo vemos en su representación más habitual de ciudad incandescente, en la que se está construyendo una torre, quizá la de Babel, símbolo bíblico de la soberbia humana, aunque también se ha querido interpretar como la constante habilitación de espacios en el Averno ante la imparable entrada de almas pecadoras.

-         Panel izquierdo: nos presenta cuatro escenas de manera escalonada. En la parte superior, la expulsión de los ángeles que desafiaron a Dios, que se van transformando en sapos e insectos mientras van cayendo. Las otras tres escenas, extraídas del Génesis, nos muestran el origen del pecado, que la tradición hace residir en Eva. De atrás hacia delante podemos contemplar la creación de la mujer, que brota de un costado de Adán, seguido del pecado original, para terminar con la expulsión del Paraíso. Observemos el detalle del pájaro picando un fruto, representación habitual de la lujuria.

-         Nuestra mirada continúa hacia la tabla central, que es, por supuesto, el motivo principal. Ya hemos comentado como el tema está extraído de un aforismo holandés, aunque también podemos relacionarlo con un texto del profeta Isaías, que nos dice que los placeres y riquezas son como el heno de los campos, que se agostan pronto y acaban, es decir, son efímeros. Coronando la composición, ya dijimos que se hallaba la figura del Redentor, como esperanza para la Humanidad. Bajo él se desarrolla toda una escena que aglutina pecados, vicios y miserias mundanas: una pareja que se besa, representando la lujuria, y que es observada por una lechuza, que nos habla de la herejía o de la ceguera ante el pecado; tres personajes centran nuestra atención, con la música como protagonista, mientras son flanqueados por un ángel, que reza a Cristo y un demonio, de color azul, con trompa y cola de pavo real, símbolo de la vanidad.

Al frente del cortejo el rey de Francia y el emperador, que encarnan el poder terrenal, y el papa, como símbolo del poder espiritual, van cerca del carro, ya que las clases pudientes tienen facilidad para alcanzar los placeres mundanos, mientras que el populacho, que se aglomera en la parte izquierda, pisándose y zarandeándose, tienen dificultad para llegar a ellos.

 Destacando, en primer plano, vemos un homicidio, uno de los pecados más horribles. Dirigiendo nuestra vista a la derecha, vemos una solución compositiva muy habitual en los trípticos que es enlazar la siguiente tabla a través de la propia escena: el carro es guiado por criaturas monstruosas y que lo encaminan hacia la tabla de la derecha, hacia el Infierno. Algunos casi coetáneos, como el padre José de Sigüenza, consideraron que simbolizaban diversos vicios: “En este carro de heno, en que va esta gloria, le tiran siete bestias, fieras y monstruosas espantables, donde se ven pintados hombres medio leones, otros medio perros, otros medio osos, medio peces, medio lobos, símbolos todos y figura de la sociedad: late la lujuria, avaricia, ambición, bestialidad, tiranía, sagacidad y brutalidad”.

-         Bien, pues las propias figuras bestiales nos llevan hacia el último destino del pecador, el Infierno, que ocupa como tema la tabla de la derecha, en donde todos los pecados serán castigados. Lo vemos en su representación más habitual de ciudad incandescente, en la que se está construyendo una torre, quizá la de Babel, símbolo bíblico de la soberbia humana, aunque también se ha querido interpretar como la constante habilitación de espacios en el Averno ante la imparable entrada de almas pecadoras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para terminar, contemplemos este tríptico cerrado, visión por otra parte nada habitual. Un buhonero para unos, un peregrino para otros, aparece rodeado de un paisaje.  Con su cayado aparta a un perro furioso que representa la fe que ataca al diablo,  a pesar de que en la cesta que carga porta los pecados que se han ido acumulando a lo largo de la vida, un pesado equipaje, aunque su mirada se dirija al pasado, como arrepentimiento de sus pecados. Al fondo, más pecados y más tentaciones a las que se  enfrenta en su recorrido vital. Esta escena es el resumen de las que hemos contemplado en el interior:

Todo pecador arrepentido será perdonado si logra enmendar sus pecados.

Amén.

 

 

 

(*) Elena Muñoz es licenciada en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid. Se dedica profesionalmente a la gestión cultural y al patrocinio empresarial, así como a la coordinación de diversas publicaciones digitales.

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Enlaces de interés:

Museo del Prado

Museo Reina Sofía