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No cabe duda
de que uno de los pintores que más llama la atención respecto a
la interpretación del significado de sus obras es El Bosco. Su
cuadro, “El jardín de las delicias”, ha sido objeto de numerosos
estudios, no solo desde el punto de vista pictórico sino, sobre
todo, de su simbolismo, y acapara por sí mismo toda la atención
de muchos de los amantes del arte.
Pero este
pintor, cuyo universo inquietante atrae inmediatamente a todos
los que se acercan a su obra, es autor de otras que también lo
identifican.
Y una de
ellas es El carro de heno, objeto de nuestro comentario.
De este
cuadro existe el original -que se halla el Prado- y una copia en
el monasterio del Escorial, ya que Felipe II, después de haberla
comprado a los herederos de Felipe de Guevara, mandó hacer una
reproducción que quedó en el monasterio escurialense, en tanto
que al original se le dio traslado a la Casa de Campo primero y
a la colección del Marqués de Salamanca. Incluso hubo un tiempo
en que las tablas fueron divididas, reuniéndose después en el
Museo del Prado, en donde se ubicó al comienzo de la Guerra
Civil para su mejor conservación.

Como ya hemos
comentado, la obra es un tríptico, formado por tres tablas, que,
cuando las contemplamos cerradas, nos representan la imagen de
un buhonero (otros estudiosos hablan de un peregrino). Abierto
nos muestran tres escenas:
-
En la tabla de
la izquierda, el origen del pecado, con la caída de los ángeles
rebeldes en la parte superior, la creación de Eva, el pecado
original y la expulsión del Paraíso.
-
La escena
central, que da nombre a la obra, está basada en un proverbio
flamenco: “El mundo es un carro de heno, del cual cada uno
toma lo que puede”.
-
El postigo
derecho nos muestra el Infierno y el castigo de los pecados.
En líneas
generales, este conjunto pictórico, que en nuestro tiempo nos
ofrece cierta confusión interpretativa, no lo era tal para
aquellos que estaban familiarizados con el pensamiento medieval.
Como espectadores, la lectura de la obra nos lleva de izquierda
a derecha en una línea de pensamiento en torno al pecado: su
aparición, por causa del diablo y el pecado original, su
propagación por el mundo y su castigo después de la muerte,
siendo la única esperanza de la Humanidad la redención,
simbolizada por la figura de Cristo, que aparece coronando la
escena central, y que nos muestra los estigmas de la Pasión.
Para el espectador medieval, la contemplación de esta imagen del
Salvador debería servirle para meditar sobre el arrepentimiento
y el perdón.
Pero a
nosotros, como espectadores del siglo XXI lo que más nos atrae
de la pintura de El Bosco en general, y de ésta en particular,
es esa utilización de lo simbólico para expresar unos
contenidos, y hacerlo a través de unas composiciones de trazos
minuciosos y detallistas que recrea ya un mundo fantástico y
onírico ya una realidad costumbrista, pero siempre acercándonos
una moraleja.
Pero pasemos
ahora al detalle más preciso situándonos ante el cuadro y
volvamos al estudio de los paneles.
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Panel izquierdo: nos
presenta cuatro escenas de manera escalonada. En la parte
superior, la expulsión de los ángeles que desafiaron a Dios, que
se van transformando en sapos e insectos mientras van cayendo.
Las otras tres escenas, extraídas del Génesis, nos muestran el
origen del pecado, que la tradición hace residir en Eva. De
atrás hacia delante podemos contemplar la creación de la mujer,
que brota de un costado de Adán, seguido del pecado original,
para terminar con la expulsión del Paraíso. Observemos el
detalle del pájaro picando un fruto, representación habitual de
la lujuria.
-
Nuestra mirada
continúa hacia la tabla central, que es, por supuesto, el motivo
principal. Ya hemos comentado como el tema está extraído de un
aforismo holandés, aunque también podemos relacionarlo con un
texto del profeta Isaías, que nos dice que los placeres y
riquezas son como el heno de los campos, que se agostan pronto y
acaban, es decir, son efímeros. Coronando la composición, ya
dijimos que se hallaba la figura del Redentor, como esperanza
para la Humanidad. Bajo él se desarrolla toda una escena que
aglutina pecados, vicios y miserias mundanas: una pareja que se
besa, representando la lujuria, y que es observada por una
lechuza, que nos habla de la herejía o de la ceguera ante el
pecado; tres personajes centran nuestra atención, con la música
como protagonista, mientras son flanqueados por un ángel, que
reza a Cristo y un demonio, de color azul, con trompa y cola de
pavo real, símbolo de la vanidad.
Al frente del cortejo
el rey de Francia y el emperador, que encarnan el poder
terrenal, y el papa, como símbolo del poder espiritual, van
cerca del carro, ya que las clases pudientes tienen facilidad
para alcanzar los placeres mundanos, mientras que el populacho,
que se aglomera en la parte izquierda, pisándose y
zarandeándose, tienen dificultad para llegar a ellos.
Destacando, en primer
plano, vemos un homicidio, uno de los pecados más horribles.
Dirigiendo nuestra vista a la derecha, vemos una solución
compositiva muy habitual en los trípticos que es enlazar la
siguiente tabla a través de la propia escena: el carro es guiado
por criaturas monstruosas y que lo encaminan hacia la tabla de
la derecha, hacia el Infierno. Algunos casi coetáneos, como el
padre José de Sigüenza, consideraron que simbolizaban diversos
vicios: “En este carro de heno, en que va esta gloria, le
tiran siete bestias, fieras y monstruosas espantables, donde se
ven pintados hombres medio leones, otros medio perros, otros
medio osos, medio peces, medio lobos, símbolos todos y figura de
la sociedad: late la lujuria, avaricia, ambición, bestialidad,
tiranía, sagacidad y brutalidad”.
-
Bien, pues las
propias figuras bestiales nos llevan hacia el último destino del
pecador, el Infierno, que ocupa como tema la tabla de la
derecha, en donde todos los pecados serán castigados. Lo vemos
en su representación más habitual de ciudad incandescente, en la
que se está construyendo una torre, quizá la de Babel, símbolo
bíblico de la soberbia humana, aunque también se ha querido
interpretar como la constante habilitación de espacios en el
Averno ante la imparable entrada de almas pecadoras.
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Panel
izquierdo: nos presenta cuatro escenas de manera escalonada. En
la parte superior, la expulsión de los ángeles que desafiaron a
Dios, que se van transformando en sapos e insectos mientras van
cayendo. Las otras tres escenas, extraídas del Génesis, nos
muestran el origen del pecado, que la tradición hace residir en
Eva. De atrás hacia delante podemos contemplar la creación de la
mujer, que brota de un costado de Adán, seguido del pecado
original, para terminar con la expulsión del Paraíso. Observemos
el detalle del pájaro picando un fruto, representación habitual
de la lujuria.
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Nuestra mirada
continúa hacia la tabla central, que es, por supuesto, el motivo
principal. Ya hemos comentado como el tema está extraído de un
aforismo holandés, aunque también podemos relacionarlo con un
texto del profeta Isaías, que nos dice que los placeres y
riquezas son como el heno de los campos, que se agostan pronto y
acaban, es decir, son efímeros. Coronando la composición, ya
dijimos que se hallaba la figura del Redentor, como esperanza
para la Humanidad. Bajo él se desarrolla toda una escena que
aglutina pecados, vicios y miserias mundanas: una pareja que se
besa, representando la lujuria, y que es observada por una
lechuza, que nos habla de la herejía o de la ceguera ante el
pecado; tres personajes centran nuestra atención, con la música
como protagonista, mientras son flanqueados por un ángel, que
reza a Cristo y un demonio, de color azul, con trompa y cola de
pavo real, símbolo de la vanidad.
Al frente del cortejo
el rey de Francia y el emperador, que encarnan el poder
terrenal, y el papa, como símbolo del poder espiritual, van
cerca del carro, ya que las clases pudientes tienen facilidad
para alcanzar los placeres mundanos, mientras que el populacho,
que se aglomera en la parte izquierda, pisándose y
zarandeándose, tienen dificultad para llegar a ellos.
Destacando, en primer
plano, vemos un homicidio, uno de los pecados más horribles.
Dirigiendo nuestra vista a la derecha, vemos una solución
compositiva muy habitual en los trípticos que es enlazar la
siguiente tabla a través de la propia escena: el carro es guiado
por criaturas monstruosas y que lo encaminan hacia la tabla de
la derecha, hacia el Infierno. Algunos casi coetáneos, como el
padre José de Sigüenza, consideraron que simbolizaban diversos
vicios: “En este carro de heno, en que va esta gloria, le
tiran siete bestias, fieras y monstruosas espantables, donde se
ven pintados hombres medio leones, otros medio perros, otros
medio osos, medio peces, medio lobos, símbolos todos y figura de
la sociedad: late la lujuria, avaricia, ambición, bestialidad,
tiranía, sagacidad y brutalidad”.
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Bien, pues las
propias figuras bestiales nos llevan hacia el último destino del
pecador, el Infierno, que ocupa como tema la tabla de la
derecha, en donde todos los pecados serán castigados. Lo vemos
en su representación más habitual de ciudad incandescente, en la
que se está construyendo una torre, quizá la de Babel, símbolo
bíblico de la soberbia humana, aunque también se ha querido
interpretar como la constante habilitación de espacios en el
Averno ante la imparable entrada de almas pecadoras.
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